Archive for the ‘Periodismo de investigación’ category

Héctor Ruiz Núnez: textos y recuerdos

mayo 25, 2012

El Foro de Periodismo Argentino (Fopea) publicó textos de Sanz, Seoane, Santoro y Baragli en un homenaje que Fopea le hace a Héctor Ruiz Núñez, periodista recientemente desaparecido. En este blog está lo enviado por Fopea como introducción; en el siguiente, los escritos.

Publicó Fopea

Héctor Ruiz Núñez, uno de los maestros del periodismo de investigación en la Argentina, nos dejó el pasado 28 de abril. Con él se despidió una de las figuras más importantes del periodismo argentino desde la recuperación democrática en 1983. Sus investigaciones comprometidas con la opinión pública y los valores que FOPEA busca resaltar, sirvieron de base para toda una generación de nuevos profesionales.

24 de mayo de 2012

De su extensa carrera profesional, se destacan su labor como columnista y periodista de investigación en las legendarias revistas Humor y El Periodista de Buenos Aires, su investigación junto a María Seoane sobre “La noche de los lápices” (1986), que fue llevada al cine por Héctor Oliveira, y el libro “La cara oculta de la Iglesia” (1990). Además de su actividad como periodista, Héctor Ruiz Núñez era licenciado en Administración de Empresas y doctor en Economía por la Universidad de Harvard. Fue consultor de Naciones Unidas en temas de Medios y dictó clases de posgrado en Derecho en las universidades nacionales de Buenos Aires y La Plata. Hacia el final de su vida trabajó como asesor de prensa y comunicación de la Asociación de Magistrados. En 2011 publicó junto a Pablo Lanusse el trabajo “Jueces y periodistas. Qué los une y qué los separa”.

Por su rol como periodista investigador y su incansable vocación para trasmitirlo a los más jóvenes, Héctor Ruiz Núñez fue nombrado socio honorario de FOPEA en 2009.

A continuación cuatro colegas de Ruiz Nuñez lo recuerdan, a pedido de FOPEA y a modo de homenaje póstumo: Tomás Sanz, ex editor de la revista Humor y actual editor del diario deportivo Olé; María Seoane, periodista de investigación, autora de varios libros, entre ellos las biografías de Mario Santucho, Jorge Videla y José Ber Gelbard, y actual directora de Radio Nacional; Daniel Santoro, periodista de investigación, autor del libro “Venta de armas” y las biografías de María Julia Alsogaray y Norberto Oyarbide y editor de la sección política del diario Clarín; y Néstor Baragli, abogado, a cargo de la coordinación del área de Políticas Anticorrupción de la Oficina Anticorrupción de la República Argentina.

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Periodismo como ética: homenaje a Héctor Ruiz Núñez

mayo 25, 2012

Héctor Ruiz Núñez, el periodismo como éticaPor Néstor Baragli
“A Héctor Ruiz Núñez, el mejor periodista de investigación que conozco. Llegó demasiado
temprano a su cruzada por realzar el género y es sabido que llegar temprano a la vanguardia es
llegar tarde al reconocimiento”.
Carlos March, ex director ejecutivo de la Fundación Poder Ciudadano, en la dedicatoria de su libro
“Dignidad para todos” (Temas Grupo Editorial, Buenos Aires, 2009).
El 28 de abril de 2012, a las 17:15 horas, falleció en la ciudad de Buenos Aires Héctor Ruiz
Núñez. Su larga enfermedad y su muerte sólo representan el hecho puro y duro, ese que
el maestro nos enseñó a buscar como ineludible punto de partida de cualquier pesquisa
que se precie de seria.
Pero detrás de este frío dato de la realidad se cuela inevitablemente la profunda tristeza
de todos los que tuvimos el privilegio de compartir amistad y trabajo con el querido
periodista, así como el pesar de sus incontables colegas y seguidores. Sólo espero que, a
la hora de escribir estas líneas, la congoja no haga prevalecer el corazón a la cabeza,
porque no quisiera defraudarlo.
Héctor Ruiz Núñez, que había nacido en enero de 1942 en la ciudad de Rosario –cuna de
tanto talento nacional– es, como bien dijo recientemente el periodista Daniel Santoro, uno
de los padres del periodismo de investigación argentino. También era licenciado en
Administración de Empresas y –una medalla que pocas veces sacaba a relucir– doctor en
Economía por la Universidad de Harvard.
Esta sólida formación académica fue la que le habilitó en su juventud un exitoso paso por
el sector privado, tanto en la Argentina como en Brasil –país al que emigró en 1978– y la
que le brindó las herramientas técnicas para escribir su primer libro, “A mentira do milagre
argentino” (1979), en el que anticipó el estruendoso fracaso del plan económico de la
dictadura militar. Regresó a la Argentina en 1983, y poco tiempo después comenzó a
ejercer con exclusividad su querido oficio de periodista, transformándose en una de las
estrellas más brillantes de un firmamento colmado de estrellas: la mítica revista Humor,
baluarte del pensamiento libre en momentos en los que en la Argentina expresar una idea
podía significar la muerte.
Como muchos recordarán, en esa legendaria publicación Ruiz Núñez escribió sobre el
poder político, los medios de comunicación, la religión, la Justicia, la corrupción, las
corporaciones y tantos otros temas. Pero sin duda la especialidad de la casa era el análisis
del sistema judicial argentino y los entresijos de sus causas más resonantes.
Estudiando minuciosamente los expedientes, entrevistando a jueces, fiscales y abogados y
reconstruyendo obsesivamente los hechos, presentaba en sus artículos enfoques a
menudo revulsivos para aquellos que, por pereza o conveniencia, prefieren las versiones
más obvias –y por lo general más truculentas– de los hechos forenses.
Héctor lo decía claramente: “La verdad puede ser un lastre cuando el único objetivo es el
rating o vender ejemplares: son más excitantes las hipótesis conspirativas, las
imputaciones sin fundamento y el sensacionalismo (…) las teorías más disparatadas y las
acusaciones más irresponsables se transmiten al público con absoluto desenfado. Por
supuesto, si la Justicia no convalida los delirios periodísticos la gente pensará que es
ineficaz o corrupta (…) la prensa-negocio adhiere a las hipótesis más excitantes, aunque
no sean la verdad” (Humor Nº 388, diciembre de 1993).
En la mayor de las soledades se ocupó de demostrar, con una encomiable honestidad
intelectual, la fragilidad de numerosas investigaciones periodísticas y judiciales, siempre
con la premisa de privilegiar la autenticidad de los hechos, la verosimilitud de las hipótesis
y las garantías procesales de los acusados. Esto le valió la agria enemistad de muchos
magistrados y abogados más preocupados en perseguir ambulancias para lograr unos
minutos de aire en los medios que en contribuir al esclarecimiento de los hechos.
En este sentido, sus dos obras cumbre son los libros “Jueces y Periodistas. Cómo se
Informa y Cómo se Juzga” (publicado por la Fundación Poder Ciudadano en 1996, con la
coordinación de Beatriz Kohen) y “Jueces y Periodistas. Qué los une y qué los separa”
(Temas Grupo Editorial, Fundación Poder Ciudadano y Fundación Avina), presentado en junio
de 2011 por un panel integrado nada menos que por Carmen Argibay, León Carlos Arslanián,
Pablo Lanusse y Daniel Santoro. Ambas publicaciones divulgan riquísimas experiencias de
trabajo en las que el periodista orientó y coordinó a sendos grupos de trabajo integrados
por jueces, abogados, periodistas y jóvenes estudiantes de comunicación y derecho, con
el objetivo de comparar de modo sistematizado el accionar de la prensa y de la justicia en
casos que tuvieron gran repercusión pública.
Sugiero humildemente a los estudiantes de periodismo o de leyes que se adentren en esas
investigaciones porque, al igual que nos ocurrió a los que tuvimos la fortuna de participar
en ellas, experimentarán un antes y un después en su formación profesional.
Como muestra van tres ejemplos que se incluyen en esas publicaciones. El primero, el del
famoso “caso de las primas en la bañera”. En abril de 1989 se descubrieron los cadáveres
de dos primas muertas en una bañera con agua. El acontecimiento tenía todo el morbo
necesario como para un festín de prensa roja, y efectivamente así fue. Las hipótesis sobre
la causa de los decesos fueron desde el pacto suicida, pasando por la electrocución por un
arco voltaico hasta una inyección con veneno de la exótica mamba negra, una de las
serpientes más mortales del mundo. El expediente, sin embargo, se cerró en febrero de
1990 con esta conclusión: los fallecimientos se habían producido accidentalmente, por
intoxicación con monóxido de carbono a causa de la mala combustión de una estufa a
gas. No obstante esta resolución judicial, algunos medios suelen referirse a este caso, aún
en la actualidad, como “uno de los crímenes más diabólicos todavía no resuelto”, concluye
el capítulo dedicado al caso.
El segundo, el recordado caso Arata. El 20 de julio de 1983 fueron descubiertos los
cuerpos sin vida de tres mujeres y un hombre en una propiedad próxima a ser demolida,
en el Partido de Morón. Los cadáveres –quemados, maniatados y amordazados– fueron
identificados como los del ingeniero Jorge Arata, su mujer, su hija médica y una empleada
doméstica. En esta oportunidad los medios publicaron cincuenta y cuatro excitantes
hipótesis sobre los autores de las muertes, entre otras, que los silenciaron porque
pensaban denunciar un negociado millonario, que los asesinó un comando argelino o que
fue una venganza de la mafia del oro. La Justicia descubrió una teoría mucho más
aburrida: que los mataron tres albañiles que trabajaban en la casa de la familia para
encubrir un robo.
El último es el conocido caso Yabrán. Decía Ruiz Núñez en el prólogo del libro publicado
en 2011: “Es legítimo conjeturar que, en la actualidad, un gran número de ciudadanos, tal
vez mayoría, imagina a Alfredo Yabrán en algún lugar del Caribe, bronceándose en una
reposera y con un mojito en la mano. No importa que la justicia lo haya convertido en el
cadáver más minuciosamente identificado de la historia judicial argentina, y tal vez
mundial”.
Como una declaración de principios, ya en 1993 Ruiz Núñez había sentado posición
explicando claramente este fenómeno: “acompañado por un equipo de jóvenes colegas he
intentado (…) producir un periodismo creíble, sustentado por un nivel adecuado de
investigación. Como fruto de ese rigor profesional sostuve en numerosas ocasiones
hipótesis contrarias a las predominantes en la prensa. Esta condición de ‘outsider’ no me
molesta, pero tampoco me alegra porque, de acuerdo a mi análisis, revela una ausencia
casi total de verdadera investigación periodística en la Argentina actual. Por supuesto, hay
periodistas que producen excelentes investigaciones, pero son pocos y se trata de un
esfuerzo individual. A los grandes medios no les interesa mantener equipos estables de
investigación y, mucho menos, respetar sus resultados cuando no tienen el ‘gancho’
suficiente”. (Humor Nº 388, diciembre de 1993).
Héctor siempre disoció el periodismo de la ideología, aunque nunca abjuró de su
liberalismo. Pero el de verdad, y no su variable all’ uso nostro. Y porque fue un liberal de
pura cepa le preocupaba mucho menos la libertad de los mercados que la plena vigencia
de los derechos civiles y las garantías del debido proceso penal.
También como buen liberal, y pese a su educación en instituciones católicas, no se llevaba
demasiado bien con las sotanas. Desde ya que su prédica no apuntaba a las creencias
religiosas de las personas, que respetaba profundamente y defendió activamente con su
pluma, sino a la hipocresía y las contradicciones de una institución demasiado humana, en
la que conviven “reaccionarios de pura cepa hasta progresistas simpatizantes de la
Teología de la Liberación” (Humor Nº 345, febrero de 1993). Estas convicciones lo
llevaron a escribir “La cara oculta de la Iglesia” (1991) y, desde Humor, a polemizar con el
recordado cardenal Quarracino, a publicar numerosos artículos sobre la Iglesia y el sexo e
incluso una profunda investigación sobre el Opus Dei. En este último caso, Héctor solía
mencionar divertido que en más de una ocasión había sido felicitado por conspicuos
miembros de esa organización, que decían respetarlo intelectualmente por la rigurosidad
profesional de su investigación sobre la Obra.
Una prueba más de sus cualidades técnicas como economista y de sus convicciones de
verdadero liberal fue la pertinaz crítica al neoliberalismo menemista, con sus
manifestaciones de corrupción pública y privada y su impúdica frivolidad. En su recordado
artículo “El Precio de la Estabilidad” (Humor Nº 306, enero de 1992), predecía con notable
precisión, y casi en soledad, acerca de la endeblez de la propuesta económica del riojano,
como allá en 1979 lo había hecho respecto de la aventura de Martínez de Hoz. Entre otras
cosas, nos decía Héctor Ruiz Núñez: “La experiencia angustiante de la inflación ha
provocado que muchos argentinos celebren su presunta derrota sin medir el costo social
del ajuste económico y su marco de degradación moral (…) la estabilidad está actuando
como un anestésico social (…) en la Argentina se ha formalizado la cohabitación entre la
estabilidad económica y la corrupción (…) las medidas económicas de Cavallo (…) no han
procurado solamente lograr la estabilidad, también han profundizado una filosofía de
distribución de ingresos altamente desigual.
Además del impacto particularmente duro del ajuste sobre las familias de desempleados,
jubilados y empleados públicos, el resto de los trabajadores está cediendo
permanentemente puntos de su participación en el producto nacional (…) detrás de la
estabilidad utilizada como elemento distractivo, casi todo está funcionando mal en la
Argentina”.
En el año 1986 publicó con María Seoane un libro sobre la negra madrugada del 16 de
septiembre de 1976 que desde entonces tristemente conmemoramos –en virtud de ese
texto que poco después fue llevado al cine por Héctor Olivera– como “La Noche de los
Lápices”, y en 1993 publicó para la Editorial La Urraca el libro “Corruptos y corruptores”.
Por si todo esto fuera poco, fue además colaborador en medios extranjeros como O
Estado de Sao Paulo (Brasil), Corriere della Sera (Italia), Chicago Sun Times (Estados
Unidos) y la Cadena de Televisión ZDF (Alemania) y, en radio, fue columnista y conductor
de memorables programas que se transmitieron por las frecuencias de Belgrano, Splendid,
del Plata y Jai.
La televisión lamentablemente se lo perdió, aunque probablemente hubiera resultado muy
complicado practicar el periodismo de Ruiz Núñez en el vértigo de la TV. Como él siempre
decía, los argumentos que se pueden plantear en la prensa gráfica o en la radio le
permiten lector –o al oyente– reflexionar, repensar, masticar las ideas y sacar
conclusiones. En televisión es casi imposible proponer razonamientos que obliguen a
remar intelectualmente contra la corriente, y esto por la velocidad característica del medio
y la superioridad psicológica que, sobre el televidente, tienen aquellos que comunican con
impacto. Por eso en televisión, concluía, los argumentos emocionales siempre le ganarán a
los racionales.
Ruiz Núñez fue asimismo consultor de numerosas instituciones públicas y privadas y, como
docente, creó el Centro de Estudios Superiores de Periodismo de Investigación (Cespi) –
una de las primeras de las escasas instituciones argentinas dedicadas a formar periodistas
en esa difícil e indispensable especialidad– y dio cátedra en diversas universidades
nacionales y extranjeras.
En noviembre del año 2009, el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) lo designó socio
honorario en una emotiva ceremonia que Héctor siempre recordaba con mucho cariño,
porque se trataba nada menos que del reconocimiento de sus colegas. En los últimos
tiempos, y pese a los estragos físicos de la enfermedad, su espíritu y su mente
continuaban iluminándonos con la intensidad de los mejores tiempos. Siempre detrás de
un proyecto, tenía en carpeta dos libros que ya había comenzado a escribir, uno sobre la
denominada “familia judicial” y otro dedicado a los abogados del poder. Hoy, los buenos
magistrados y los abogados probos –que lo apreciaban mucho– lamentan seguramente
que esos textos nunca verán la luz. Otros seguramente dormirán más tranquilos.
Héctor era como la tía solterona que, lejos de los parlantes y sentada solita en su silla, nos
recordaba en pleno carnaval carioca que después de la fiesta íbamos a tener que lavar los
platos. Su predilección era hacer hablar a los papeles y develar lo escondido tras las
apariencias, desenmascarando las teorías descabelladas y haciendo balbucear con
aplastantes razonamientos a quienes las sostenían. Era el tábano que venía a zumbarnos
en la oreja en un soleado día de picnic, una suerte de Casandra cuyas certeras profecías
provenían no del don de la adivinación, sino de sus conocimientos y de las largas horassilla
estudiando y analizando documentos y hechos y condenado, como la sacerdotisa del
relato mitológico, a que la sociedad no le creyera hasta que la realidad de sus vaticinios se
estrellara contra nuestras caras. Era además y por sobre todas las cosas un gran tipo,
siempre generoso para compartir sus conocimientos y dar una mano. Una persona ética y
un descomunal periodista preocupado por la información, la verdad y la Justicia. Hasta
siempre, querido maestro. Aunque la sociedad argentina aún no lo sepa, seguramente lo
va a extrañar.
El legado de Ruiz Nuñez en la Revista Humor
Por Tomás Sanz
Hay una célebre frase de Groucho Marx (al menos, a él se le atribuye), quien en un
momento de una conversación le dice a su interlocutor: “Estos son mis principios…, pero
si no le gustan tengo otros”. Simulación de cinismo, impecable humor. Pero esto también
define en serio una constante de la conducta de alguna gente. Es lo primero que se me
ocurre recordando a Ruiz Núñez, quien si por algo se guiaba era por reglas no rígidas sino
firmes, una elogiable escala de valores, una honesta búsqueda de la verdad; búsqueda
más que hallazgo, pretensión que rondaría la soberbia. Uno puede cambiar de ideas o de
enfoques, aceptar de otros un enriquecimiento, llegar a otro mirador de la vida. Eso es
modestia, inquietud intelectual. Pero lo anterior es permanente, innegociable.
Conocí a Héctor a su llegada a la Revista Humor. Y ya desde las primeras charlas, en las
primeras notas, demostró aquellas virtudes: investigación seria, no atada a ningún
prejuicio; deducción inteligente a partir de los datos recogidos, ningún compromiso con
personas o poderes que pudieran sentirse afectados. Además, algo que valorábamos
mucho en la publicación, una prosa clara, correcta en el buen sentido, con toques de
ingenio y elegancia.
Charlar con él era buena ocasión para ejercitar interpretaciones y análisis sobre hechos y
personas, que él desarrollaba con el mismo interés con que escuchaba las ideas ajenas.
Su versación jurídica corría pareja con su independencia de criterio, su falta de demagogia
para prenderse a las “causas populares” que determinan culpables antes de tiempo y su
apartamiento de los modos estrepitosos e inconsistentes con que los medios, abogados de
moda y opinadores varios empezaban ya, en su época, a hablar de estas cuestiones. Una
prueba: en 1988 la niña Jimena Hernández apareció ahogada en la piscina del colegio
católico al que asistía. La investigación de Ruiz Núñez tendió a demostrar que se trataba
de un caso de accidente y que no había elementos para probar que la víctima había sido
violada (o que había existido un intento de violación), luego de lo cual se la habría
arrojado al natatorio para simular una muerte accidental. La causa se cerró luego sin
imputados; pero al margen de las distintas hipótesis, era difícil oponerse al morbo general
(colegio religioso, niña violada) que, sin elementos, pedía venganza más que justicia.
Un elemento jurídico (otra novedad para nosotros) que Héctor incorporó a sus notas fue la
teoría del “fruto del árbol envenenado”. Es decir, la acusación o la condena a alguien en
base a indicios recogidos en forma irregular o delictuosa. En una ocasión, atenido
rigurosamente a ese principio básico, criticó el fallo de un tribunal de Mendoza que
procesó a un grupo de rugbiers por el delito de agresiones. No defendió a los imputados
sino que les quitó validez a pruebas mal obtenidas. Hubo una reacción no tan curiosa: un
lector le escribió sorprendido por lo que entendió como una traición, una defección de
alguien –Héctor- a quien el remitente consideraba de “la propia tropa”. La ecuación era
fácil: rugbiers, gente “bien”, de clase alta, no podían ser defendidos por un supuesto, o
real, progresista. En suma, la idea de que el fin justifica los medios. Si se trata de castigar
“al enemigo”, no importa cómo se haga. Claro, Ruiz Núñez rechazó de plano esa afinidad
ideológica que se le adjudicaba casi compulsivamente: su “tropa”, él mismo, obedecía sólo
a la objetividad y a un buen sentido de justicia.
Con igual criterio analizó y señaló las graves fallas cometidas en la recolección de pruebas
contra los condenados asaltantes de La Tablada, lo que a su entender hacía nula la
sanción. Tipo inquieto, produjo en algún momento programas de radio a los que convocó
a algunos humoristas y columnistas de temas diversos. Modestamente, creo que logramos
una buena mezcla entre su sentido informativo y de análisis y nuestras ganas de divertir y
divertirnos.
Lo último, con algo de vergüenza y arrepentimiento. Sólo ahora, a raíz de su muerte,
comprobé el grado de admiración y respeto que despertó Héctor. Algo encerrado en la
Redacción en la que hablamos no llegué a evaluar su influencia en otros ambientes, la
repercusión de su palabra y de su obra. Me extrañó incluso el carácter de “maestro” que
tantos le han adjudicado. Sí, seguramente me he perdido de aprender muchas más cosas
con él.
La investigación de La Noche de los LápicesPor María Seoane
Conocí a Héctor Ruíz Núñez en 1985, en tiempos en que ambos compartíamos la
redacción de El Periodista de Buenos Aires. Héctor tenía un equipo de investigación para
temas especiales, entre ellos los referidos a la represión ilegal durante la dictadura. Yo
integraba el equipo de política de la revista que cubrió, por entonces, el juicio a las juntas
militares. Mi decisión de escribir la historia de “La noche de los lápices” me hizo llegar a
sus oficinas cercanas a la redacción. La idea era que él pudiera destrabar los vericuetos
siniestros y secretos de esa represión sobre los adolescentes que fueron desaparecidos y
luego asesinados en setiembre de 1976, sobre lo cual había dado su testimonio uno de los
sobrevivientes, Pablo Díaz.
Si bien Héctor encaró la investigación sobre la terrorífica banda de Camps y sus dominios
de la muerte en la provincia de Buenos Aires, que tuvo como par en esto a otro colega
suyo, Julio Villalonga, le propuse más tarde escribir el libro juntos mientras yo realizaba el
trabajo de campo sobre las vidas, historias, y convicciones de los chicos y sus familias en
tiempos de la lucha estudiantil que los llevó a ser víctimas del terrorismo de Estado. Así
que allí comenzamos a trabajar juntos. Fueron largas jornadas jalonadas por la búsqueda
de datos y una escritura que no nos daba tregua ni profesional ni humanamente. Revelar
los secretos de este crimen de los adolescentes era el primer y más contundente
testimonio de que la historia oficial iba a ser rebatida definitivamente a los ojos de la
historia argentina.
Recuerdo el día que pusimos el punto final a la historia porque era la madrugada del
sábado 7 de junio de 1986, día del Periodista. Brindamos en la soledad de su oficina: era
nuestro homenaje más profundo, más certero, a la profesión que habíamos elegido con
pasión. Recuerdo que lloramos de emoción mientras caminábamos ese invierno por las
calles desiertas de San Telmo, entonando juntos “Rasguña las piedras”, la canción que los
chicos cantaban en el Pozo de Banfield para darse ánimos. Héctor me agradeció haber
sostenido el afán de hacer el libro cuando él vacilaba por las dificultades en saber la
verdad. Lo cierto, es que ambos habíamos tenido miedo de terminar el libro. Pensábamos
que mientras contábamos la historia, los chicos aún vivían en nuestra búsqueda.
Sentíamos que si poníamos el punto final, desaparecerían para siempre. Hablamos mucho
sobre esto. Y Héctor dijo, entonces, una frase que sintetizaba bien lo que sentíamos y lo
que nos uniría para siempre, más allá de los derroteros que cada uno tomara en la
profesión o en la vida: “Y sí, María querida, no podremos vivir nunca más sin esta historia.
Como dijo Borges, es nuestra fatalidad y nuestro privilegio”. Y así fue.
Luego vino la película, las visitas a escuelas para hablar del tema, y la reedición del libro
siempre a lo largo de estos 26 años que se cumplen, ahora, cuando escribo estas líneas.
Volví a ver a Héctor algunas veces en los últimos años, pero siempre con afecto y
reconocimiento mutuo. Tuvimos caminos diferentes, opiniones diferentes sobre la historia
que contamos, y luego sobre las vicisitudes de nuestro país y de nuestra profesión. Pero
nuestro pacto fue el haber sido los padres de la búsqueda de memoria, verdad y justicia
para aquellos jóvenes. Héctor y yo hicimos honor a este compromiso. Hasta el final.
Homenaje a Ruiz Núñez, maestro de periodistas de investigaciónPor Daniel Santoro (Publicado en Clarín 11.05.2012)
Saludé al maestro por última vez el año pasado, en un cóctel de la Corte Suprema. Lo
débil de su cuerpo contrarrestaba con la fortaleza espiritual y su voluntad de hierro para
acercarse a la verdad. Héctor Ruiz Núñez, que falleció el 28 de abril después de una larga
enfermedad, venía de presentar su última obra Jueces y Periodistas. Qué los une y qué los
separa.
Frente a la ministra de la Corte, Carmen Argibay, explicó el fenómeno del caso Yabrán en
la opinión pública: “Un gran número de ciudadanos, tal vez la mayoría, imagina a Alfredo
Yabrán en algún lugar del Caribe, bronceándose en una reposera y con un mojito en la
mano. No importa que la justicia lo haya convertido en el cadáver más minuciosamente
identificado de la historia judicial argentina”. Nunca chapeaba diciendo que, además de
periodista, era licenciado en Administración de Empresas y doctor en Economía de la
Universidad de Harvard.
Era autor entre otros libros de La Noche de los Lápices (1986), junto con María Seoane,
que luego fue llevado al cine por Héctor Olivera. Durante su paso por la mítica revista
Humor, dirigida por Andrés Cascioli, editó Corruptos y corruptores. Por sus talleres, que
dictaba desde la década de ‘70, pasaron cientos de estudiantes que salían cargados de su
energía para escarbar en los fondos de la corrupción política y económica de la Argentina.
Es uno de los periodistas que mejor se ganó el título de socio vitalicio de FOPEA. Su larga
trayectoria, imposible de reproducir en este corto texto, lo dejan, junto a Raúl Scalabrini
Ortiz y Rodolfo Walsh, en la categoría de padres del periodismo de investigación
argentino.

Millones de la Ley del Cobre van para edificios de las fuerzas armadas chilenas

noviembre 13, 2011

Consejo de Redacción, red on line de periodismo de investigación, reprodujo la labor investigativa de la periodista chilena Marcela Ramos acerca del dinero de la Ley del Cobre que se usaron para los edificios del Ejército y las Fuerzas Armadas de Chile. El siguiente es el anticipo del trabajo realizado para el Centro de Investigaciones Periodísticas (Ciper), de Santiago, y que difundió CdR.

Sobre la investigación:

 

 

– Tipo de publicación: digital

– Autora: Marcela Ramos

– Fecha de publicación: 3 de noviembre de 2011

– Medio: Centro de Investigación Periodística (Ciper), de Chile

Según la Ley Reservada del Cobre de Chile, tanto el 10% de las ventas de la Corporación Nacional del Cobre, como los excedentes de esa entidad, deben ser destinados a adquirir material bélico para las Fuerzas Armadas o instalaciones donde éste pueda ser guardado o reparado

Sin embargo, Ciper investigó cómo se están invirtiendo esos recursos y encontró que se han gastado en construcciones, alfombras, quincallerías (venta de objetos de metal, generalmente de escaso valor, según la RAE), lavamanos, guardapolvos.

En 2007, con dineros de la Ley Reservada se financió la construcción y habilitación de los edificios de la Fuerza Aérea y el Ejército, lo que, según indagaciones de Ciper, significó una inversión de U$ 95 millones.

300 millones de pesos más fueron utilizados para remodelar cuatro pisos en los que se ubicarán las nuevas oficinas del Ministerio de Defensa.

Una característica de la Ley del Cobre dificulta la transparencia: el destino de sus recursos es secreto y no requiere ser aprobado por el Congreso, ya que no hace parte del presupuesto nacional. De este modo es imposible saber cuánto de lo gastado no corresponde estrictamente a equipamiento militar.

Consejo de Redacción
destaca esta investigación por fiscalizar el gasto público a pesar de las dificultades de acceso a la información que la Ley del Cobre genera.