Yo estuve en Camp Nou: pasiones diferentes

Barcelona 0 – Celta de Vigo 1. Así terminó el partido disputado en el Camp Nou, ubicado en la ciudad de Barcelona, el sábado 1 de noviembre. Tuve la suerte de poder estar allí, en un asiento ubicado a tan sólo 15 metros de la esquina del córner donde patearían los mejores jugadores del mundo.

Debo decir la verdad, en un principio la idea de asistir a la cancha me encantaba (a nivel futbolístico) pero también me chocaba. Los argentinos creemos que por agitar más banderas, y por cantar más canciones en la popular, nuestra pasión es mayor. Yo también lo creía, y no sabía si cuando estuviera allí iba a sentir lo mismo que cuando voy a ver un Boca-River.

Tomé el metro desde donde estaba alojada hasta la cancha. Vi que a medida que las paradas iban pasando, el metro se llenaba de familias vistiendo la azul y rojo. El escudo de Barcelona había teñido al metro de sus colores, pero todavía me parecía raro que nadie hubiera entonado alguna especie de cántico o alabanza para ambientar la situación. También sentía una especie de miedo al ver tantos niños chicos. Hay que reconocer que, acá en Argentina, es difícil poder asistir con niños a la cancha, y más que difícil, peligroso.

Al llegar a la cancha, sólo 30 minutos antes de que el encuentro comenzara, enseñé mi entrada y en 2 minutos aproximadamente, ya estaba dentro. Ese estadio inmenso, gigante, estaba frente a mí como tantas veces un futbolista lo sueña. Me dirigí hacia la boca 32 que era donde se encontraba mi asiento, ya casi preparándome para el “cacheo” al cual estaba acostumbrada, con la mochila abierta ya lista para la inspección y con toda la euforia por ver el espectáculo. Al llegar, corroboraron mi entrada y simplemente pasé a ubicarme. Me quedé esperando el policía que inspecciona la mochila, y que te pide que te saques las zapatillas para ver si tenés algún encendedor escondido que puedas tirarle a un jugador.

En las filas, se encontraban empleados del Club local, que acomodaban a las personas en sus localidades, tal como en el teatro. Allí vi por primera vez esa magnífica cancha, donde todo colabora para que vivas emociones únicas: la iluminación, las pantallas, la gente, el kiosco que te vende la cerveza, los pochoclos. Si, pochoclos en un partido.

El partido comenzó,  y yo esperaba alguna entrada triunfal de la barra brava, pero como a los 15 minutos del primer tiempo, me di cuenta que no existía tal cosa allí. Se escuchaban aplausos, aliento, pero no como el que escuchas en la Bombonera. Ahí el espectáculo es el fútbol.

Uno se imagina que al decir estas cosas, Barcelona no tiene hinchada, no tiene pasión por el fútbol… pero, todo lo contrario. Es una pasión que se comparte en familia. Una pasión que viven personas jubiladas. Una pasión que es casi religiosa. Todos los domingos o sábados que el Barcelona juega de local, los 99.000 lugares que hay en el Camp Nou, se encuentran cubiertos.

Claro, si me faltó el rito de la 12. Me faltó la bandera gigante, me faltaron los disfraces, los cánticos, los papelitos. Pero me tocó estar sentada en un lugar donde a mi derecha se encontraba un catalán, y a la izquierda un hincha del Celta. Los 3 discutíamos durante el partido, 3 opiniones diferentes que podían cruzarse en una platea sin que nada pasara. Entonces caí en la cuenta de cómo hemos degradado al fútbol. De que estamos pendientes de lo que hace la hinchada, de lo que el otro me grita para poder retrucarle. Que ni siquiera dos hinchadas pueden estar separadas de norte a sur, porque igual hay problemas, incluso dentro de la misma popular. Es el “plus” de nuestro fútbol… la violencia… la misma que hizo que con mi viejo no pudiéramos disfrutar de otro encuentro más desde la popular de Boca, y de cualquier otra hinchada. Esa misma violencia que deja víctimas todos los meses. La misma que los clubes acrecientan cuando las barras se apoderan de algún puesto directivo. La violencia que hace que los niños no vivan la pasión… pero la pasión linda del fútbol… esa que viví en el Camp Nou.

No sentí miedo de ir a la cancha. No sentí el miedo que tengo acá, donde la violencia se ha apoderado del fútbol. No sentí el miedo de no volver a mi casa a saludar a mi mamá. No sentí la necesidad de esconder mi celular, o de colocar mi mochila delante, o de no llevar billetera. Me sentí bien… aunque me faltaron las trompetas, los bombos. Viví mi pasión, y la que tantos tenemos, disfrutando de lo que verdaderamente es el fútbol. Ojalá pudiéramos dejar de lado las diferencias, y poder disfrutar de un partido como los de antes… mezclar las pasiones, los cánticos con la tranquilidad, la seguridad y el amor por los colores. Estoy segura, de que tendríamos el mejor espectáculo del mundo.

Agostina Osaderuk (CTMG)

Anuncios
Explore posts in the same categories: Fútbol, Sociedad

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: