Volvió un clásico de Guaymallén, y fue para el “Boli”

 

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Fotografía: Prensa Club Deportivo y Social Guaymallén – Fotógrafo oficial, Fernando Martinez

Desde chica iba a la cancha. Desde  lunes con mi papá esperábamos que fuera domingo para caminar 8 cuadras hacia la cancha del Deportivo Guaymallén, en Rodeo de La Cruz. Era como todos los chiquititos, cuando esperan año tras año a que llegue la Navidad. Ya el 26 de diciembre están pensando en qué pedirán el año siguiente. Así era cada lunes.

En ese momento no podía ver las jugadas, era muy chiquita. Casi tenía que pedirle a mi viejo que me levantara para poder ver a los jugadores que me parecían estrellas. O por debajo de las banderas me acercaba a ver por algún espacio que hubiera entre el alambrado. El alambrado que dividía a los que saltábamos, con los que corrían la pelota. Así como una especie de ruptura del suelo. Estábamos tan cerca, pero tan alejados. Pero así alcanzabamos a ver, muy poquito, pero veíamos. El blanco, verde y rojo salía desde el camarín a comerse la cancha. Siempre así. Era como ver una película, esa del perro que metía goles. La misma esperanza.

Y ahora estaba ahí. Nuevamente remontando a la infancia. Volví a ver el clásico… Guaymallén – Atlético Argentino… El Boli vs el Cacique. Desde el 2008 no se jugaba este partido… este clásico que se esperaba con tantas ansias cuando yo era pequeña. Recuerdo, que ese último partido había estado ahí, en el mismo lugar de siempre… Guaymallén ganó ese partido por 3 sobre 2.

La gente empezaba a llegar… la barra brava armó su “nuevo equipo” e hizo que esa popular volviera a brillar, a brillar por su música. Esa música que no es precisamente una orquesta… pero es un coro constante de voces que están unidas por una pasión. Desde las 14, la gente empezaba a poblar esas gradas, ¡Cuántas banderas! 10, 15… no las podía contar. Para ser un partido del Federal B había más banderas que jugadores en cancha.

Volví a mi niñez cuando vi cómo iban llegando las familias… los amigos. Me encontré con varios de los chicos con los que jugábamos los picaditos en el barrio. Hasta mi primo estaba ahí, en la platea. La cancha estaba repleta de tricolores. Sólo las gradas visitantes estaban vacías. Eso no lo recordaba… No era así… Me acuerdo de las banderas albicelestes colgadas en los alambrados, y de los cantitos entre hinchadas… que se convertían en el folklore argentino del fútbol… Qué lindo era.

¿Sabrán todos esos chiquitos que estaban presentes, que el fútbol era de dos pasiones que se juntaban en un encontronazo que se unía solo por una razón… la pelota en el piso, y los arcos contrincantes? Espero que si… porque eso es lo que me enseñó mi viejo, lo que me enseñó la cancha…

Y salieron los dos equipos de la cancha. La gente del Deportivo Guaymallén había preparado una fiesta. La hinchada cantaba más fuerte que nunca y los papelitos volaban como los deseos de ganar ese partido que se esperaba hacía tanto tiempo. Toda la línea estaba repleta de recortes blancos, verdes y rojos que los mismos jugadores tuvieron que sacar para poder comenzar. Fuegos artificiales, petardos. Los dirigentes habían predispuesto dos bombas de papeles para que estas explotaran cuando los jugadores salieran de los camarines, y así fue. Mientras que Atlético Argentino se ligaba los insultos, la gente de Guaymallén recibía solo aplausos y frases de aliento.

Benítez dio el pitazo inicial, y la pelota empezó a rodar como perdida. No sabía dónde pararse, dónde rodar… Ninguno de los dos equipos lograba bajarla, ponerla ahí donde se siente tan cómoda, en el pie. Franco Moreno parecía no saber si se encontraba en la cancha, jugando un clásico o si estaba en un entrenamiento practicando a pegarle al arco, sin que le saliera siquiera una posibilidad.

Ninguna clara para nadie. Me hizo acordar a ese partido Irán – Nigeria, en el mundial 2014. Partido aburrido, la pelota giraba en la defensa, de los dos lados. Guaymallén era más ambicioso… pero de nada sirve la ambición cuando no se tiene con qué.

La gente cada vez estaba más ansiosa. Y para no estarlo. Primer partido tras todo el cambio, de local y encima un clásico de ese nivel. Un equipo nuevo. Era como toda la hinchada de Boca cuando se jugaba el superclásico. Esos cantitos, esos papelitos. Igual, pero con menos gente. Hasta me animo a decir que fue una “mini bombonera” tricolor. La hinchada se venía abajo. Los bombos sonaban cada vez más fuerte y el Guayma parecía no ser tocado por estos regalos que da el fútbol. El partido seguía como si nada. Ya iban 23 minutos del primer tiempo y cada vez la agresión y las ansias de ganar se notaban más en el campo visitante, tras una amarilla a Marcos Torres.

Pero tras esta amonestación, el Boli pareció destaparse y salir a la cancha como un león. Y tras un tiro libre de jugada preparada mal ejecutado por el tricolor, Argentinos se aprovechó y marcó el primer y lo que sería el único tanto de la tarde. Fue un cabezazo claro y directo al medio del arco, que dejó sin nada que hacer a Gonzalo Gomez que se quedó bajo los tres palos como desconcertado. La primer llegada clara para que Sumaci pudiera hacer eso que tanto le gusta, 3 morteros seguidos festejando este gol que le daría el triunfo del clásico de Guaymallén.

Desde ese momento el Cacique no se pudo recuperar. Y como es de costumbre, el partido se tornó mucho más aburrido. Pelotazos, siempre por arriba, nunca por abajo. A Guaymallén se le “cayeron las ideas” y comenzó a emprender un camino que no tenía retorno. Osurak y Moreno no podían entenderse, y a pesar de que el tricolor tenía más ambición y posesión del balón, no se podía encontrar el camino para lograr el empate. Así Guaymallén se iba al entretiempo, cabizbajo, pero con la esperanza de salir los segundos 45 con más hambre de gol.

Tras el descanso, el local entró un poco más ordenado, pero los minutos seguían pasando, como si el marcador no entendiera que Guaymallén necesitaba más de 45 minutos para encontrarse en la cancha. Una vez un gran técnico dijo:  “El secreto de un buen equipo está en el orden, que todos sepan lo que hay que hacer”. Pep Guardiola tenía razón… sólo que al Cacique le faltó la parte de “saber qué hacer”. Tenían la pelota pero les faltaba claridad.

A los 38 minutos, Franco Moreno perdió la posibilidad de convertir el gol del empate, luego de un buscapiés que no alcanzó a empujar hacia el arco, teniendo los 3 palos para él solito. Quién iba a pensar que ese gol no iba a ser gol. Tal vez nadie tomó la dimensión de que eso cambiaría la historia. No sólo de este partido, sino de los siguientes. Esto, debilitó aún más a Guaymallén. A pesar de que Gonzalo Gómez, atajó un penal hacia los 40 del segundo tiempo el tricolor no levantó cabeza y Benítez marcó el final del partido, dándole la victoria al Boli.

Si hubieron papelitos, explosiones, puños cerrados, besos en la camiseta… pero solo de un lado… y encima, fue del visitante, querido Fontanarrosa. Qué bien lo graficaba esa primera nota en El Gráfico, cuando debutaba el Negro en la revista tras un Boca – River. Era como si sus palabras fueran -la pasión por el fútbol-. Como si la pasión pudiera ser descrita a la perfección. Como si el corazón tuviera palabras. Y encima, el visitante no pudo disfrutar de esto…

La verdad, no quería ni pensar en el partido. Pero… volví a ver el clásico. La gente lo volvió a disfrutar. Me hubiese gustado que fuera con la hinchada visitante, así le poníamos emoción a los cánticos. Pero ahí estaba, en el mismo lugar donde me sentaba de chica. No me fui con una sonrisa porque ganó el Tricolor. Me fui con una sonrisa porque disfruté de un espectáculo más. Esta vez fue de Argentins, que le ganó 1 a 0 al Cacique en su propia cancha de Rodeo de la Cruz,  el “Hugo Alastra”. Igual, me quedaría escribir sobre algún Boca-River, así vale mi homenaje al Negro Fontanarrosa… que ayudó a que mi boca tenga palabras para describir la pasión por el fútbol… o por lo menos, para contarles un poquito.

Agostina Osaderuk (CTMG)

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