Borrador de Paula: Me – te, rapto

 Pedro es un joven desvergonzado y salvaje; su cabeza, triangular, de cabellos claros, ondulados y cortos; los ojos, azulados, intensos y maliciosos miran a todos lados con desconfianza; sus labios herméticos y carnales se mueven con pícara sintonía  formando dos pequeños hoyuelos en sus mejillas chupadas, sus manos ágiles y atrevidas son magnéticas; y su voz una canción estridente.

 

Su impecable talento para ser detestable fue lo que cautivo mi atención. El tiempo demostró que las habladurías sobre su ser eran ciertas y estaban lejos de acercarse a la realidad. Una persona siniestra, con mirada problemática, descreída por los golpes que le dio la vida. Un alma solitaria, perdida, triste y hermosa. Es en potencia cosas brillantes, sin embargo, se inclina a una vida de bipolaridad conciente.

 

Al verlo por primera vez percibí su energía desbordante pero fue su maldad inminente la que me deslumbró. Pude ver un tipo endurecido por la noche, que mendigaba amor para después desecharlo y reforzar la seguridad que le quitaron. Al comienzo no me importó demasiado pero después de varios encuentros el tormento fue inevitable. Paso días tratando de descifrar la fórmula que me permita descomponer cada célula de mi cuerpo. Este holograma de amor me parte al medio. Sé que esta ahí, me inquieto, busco la forma de que vea mi esencia y me encuentro jodida. Ridícula,  traiciono mis intenciones con esta cabeza trastornada que busca – incansable- fabricar estratagemas que lo atrapen.

 

Mi concentración se enamoró de él, presumo que debo estar volviéndome loca -lamentablemente no existe una máquina que extirpe la memoria-. Me obstino en actos que no hacen más que confirmar que mi yo es tan oscuro como el suyo. Experimento sensaciones que inundan mi razón, no me puedo desprender de la simbiosis hacia la que caminé encantada. El aire que me envuelve es denso, las horas un enigma. Le mostré mis debilidades: así fue como le cedí poder. Mi mente me engaña, soy pensamientos insoportables. Invento cordura, fumo sin parar, me pudro, me enveneno y la cago. Necesito vomitar esto que pasa.

 

El tiempo nos alejó y mis días son un desperdicio, su ausencia me deja rota. Hoy volví a escribirme con él. El contenido de nuestros cortos diálogos nunca fue lo mejor pero aún así existe algo que me enreda cuando de la nada sabe que decir para hacerme reír. Quiero saltar encima suyo, prenderme como garrapata, morderlo, chupar su sangre. Me seduce su demencia y me encuentro cada vez más cerca de saborear ese desequilibrio. ¡Es tan maniático como radiante!

Este capricho me quita fuerza, me sumerjo, tambaleo. Imagino que esta ahí esperando, como yo, una mancha de afecto. Compré esta farsa en detrimento de aquél ánimo quebrado. Tengo las manos heladas y el corazón seco. Sospecho que conocerlo fue obra del diablo que anhela estrujar estas vísceras pecadoras.

 

Ahora hago ejercicios para no olvidarlo, lo espio, me derrito, quiero ser parásito en su piel. Me quema los huesos que no esté, me sangran los oídos, se contraen mis músculos, se nubla este intelecto. Morimos juntos y a la vez distanciados. Es del mundo pero no es mío, y si no es mío no es nada.

                                                                                      Paula Chavero

 

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